La enseñanza

Una clase que me gustó:

Era una clase de alemán y mi profesora Maria, quien por cierto tiene un temperamento bastante enérgico y motivador al momento de enseñar, nos dijo que escribiéramos en alemán que significa la palabra “Trabajo”. Si me enseñan enérgicamente, siento que respondo de la misma forma, así que enérgicamente escribí en alemán:

Se nace en esta tierra y debemos compartir, comer y permanecer con diferentes tipos de personas. Al comienzo somos dependientes de nuestros padres y luego dependientes de cosas relacionadas con la educación que ellos nos deben y/o quieren ofrecer. Desde el comienzo de la historia del hombre, los padres generalmente enseñan formas de sobrevivir. Actualmente podemos sobrevivir en un sistema “Civilizado” y en general recibimos lo que merecemos o por lo que hemos trabajado. En muchos países es posible trabajar en algo que se disfruta, o por algo que realmente queremos. Entonces se estudia lo que realmente nos gusta. Una pregunta en la actualidad es: “¿Trabaja usted para vivir o vive usted para trabajar?” Afortunadamente yo pertenezco al grupo de gente que durante su trabajo busca y encuentra satisfacción. Sin embargo mi proceso de educación profesional no fue siempre así. Ahora nos planteamos otra pregunta: ¿Recibimos lo que merecemos? Trabajo es tiempo y cuando gastamos más tiempo trabajando recibimos más, y no hablo solamente de dinero. Ese tiempo es también para aprender y cuando nosotros aprendemos algo que en realidad amamos, recibimos más satisfacción, y eso es lo que cada uno de nosotros merecemos, pero todavía nuestra cultura nos enseña que el trabajo es un compromiso. Hay diferentes condiciones que en nuestro trabajo y educación se muestran como obligación y en parte lo son, pero eso es harina de otro costal.

La profesora Maria se notaba muy contenta al entregarme la tarea calificada, me corrigió algunos errores gramáticales pero sobresaltó que le gustó mucho lo que escribí y eso también me alegró mucho! por lo tanto me impregnaba su energía en clase y me sentía motivada para el siguiente paso. Entonces indudablemente la motivación es una de las mejores bases para enseñar y parece que ha tomado muchos años el aprender a motivar a los alumnos. De eso personas como la profesora Maria conocen muy bien. Es algo particular que la profesora Maria sufrió en carne propia consecuencias de la segunda guerra mundial y por supuesto sus padres y abuelos mucho más; aún así me asombraba su fuerza, optimismo y capacidad de motivación. ¿Pero, que piensa una persona que vivió con los estándares de educación hace 70 años en un país en vías de desarrollo? Pues nuevamente mi abuelo nos cuenta con detalles:

Es imposible para el hombre existir sin haber recibido enseñanza de alguna especie, sea ya porque se toma de un profesor, o por experiencia propia después de haber soportado los consabidos fracasos. En el primero de los casos aprendió mirando a sus congéneres que fueron, sin saberlo pues no era ese su cometido, instructores de sus propios actos para los demás hombres. En el segundo de los casos el aprendizaje fue un proceso largo y en algunos casos doloroso, puesto que el desconocimiento de la actividad producía accidentes, fatales en no pocos de los casos. La historia nos enseña que este proceso educativo ha pasado por distintas etapas en las que el hombre ha asimilado muchas de las experiencias de sus antecesores, y ha logrado un grado de cultura, la conocemos en nuestros días, que aunque no queramos no es igual en todas partes; en esto han influido enormemente la tradición en las costumbres y las religiones, pero debemos reconocer el avance que el mundo ha alcanzado en cuanto se refiere a la educación.

En Colombia la educación del niño ha pasado por distintas etapas, yo me voy a referir en este BLOG a los momentos que viví en diferentes épocas, niñez, adolescencia y juventud, voy a tratar de ser lo más explícito posible dentro de los retazos de mis recuerdos.

En mi memoria está el recuerdo de una quinta (término usado para referirse a una casa grande rodeada de espacios abiertos muy amplios) de construcción antigua, con una reja metálica alta que cubría todo el espacioso frente que comprendía la propiedad; esa reja por si sola me recuerda muchos momentos imborrables, unos alegres, otros no tanto debido a mi corta edad. La casa, como es de suponer, era una construcción antigua, en una parte de dos pisos que ocupaban el menor espacio, y la restante o sea el primer piso, ocupado por sala de recepciones y en todo su alrededor estaban los distintos salones de clases. Cabe aclarar que la instrucción de los niños estaba por cuenta de Señoritas, en su mayoría solteronas, un Cura con el título de Director Espiritual, y un Profesor de Gimnasia; ese era el brillante plantel de educadores en mi niñez, pues todo el tiempo, hasta terminar la elemental, fue en el mismo colegio. Es de suponer, y está en lo cierto quien así lo haga, que uno de esos salones fue mi primer lugar de contacto con el aprendizaje, no por la experiencia, sino por la transmisión de conocimientos directamente de persona mayor a un niño completamente ignorante en cualquier materia. Eran tres años de Kínder siempre con la misma señorita, (omito el nombre pues no viene al caso), que con paciencia de santo nos enseñó en los tres años a conocer las letras, a leer, o medio leer, y a escribir, también a medio escribir; con ese “cúmulo” de conocimientos pasábamos dichosos a un nivel “superior”, a primero elemental, donde nos esperaba otra señorita no tan paciente y tan santa como la anterior, pero como ya éramos mayorcitos pues aguantábamos más. Así pasaron los cuatro años de elemental, en ese tiempo no era más, y quedaba el muchacho, casi adolecente, listo para el paso al bachillerato, que fue siempre el “coco” de los estudiantes al pasar a la nueva etapa del proceso educativo.

No puedo pasar al bachillerato sin antes contar como fue ese paso por el Kínder y las elementales que dejaron en mí una huella profunda de alegrías y mortificaciones, alegrías porque en esa edad el niño es alegre por naturaleza porque no conoce los avatares de la vida, y las mortificaciones porque cualquier tropiezo le parece en algunos casos un obstáculo insalvable y le da mayor valor del que realmente tiene. Uno de esos momentos de angustia lo constituía los Exámenes Finales que se efectuaban en presencia de los Padres de los alumnos del curso, quienes debían estar perfectamente ataviados, de pies a cabeza, con el Uniforme de Gala en forma impecable, cosa rara en un niño de esa edad; este era el dolor de cabeza más grande en el que pensaba uno todo el año, de resto todo el tiempo transcurría como si fuera un diario y eterno recreo. El paso al bachillerato para mí fue un ITO increíble pues perdí el año, el único año que he perdido en mi vida de estudiante.

El paso realmente fue muy brusco, pues pasar de un colegio de Señoritas, las profesoras, no es que mis compañeros fuera señoritas, a un colegio Nacional donde los profesores de experiencia reconocida, curtidos en el manejo de muchachos, también “curtidos”, para mi tuvo que ser, académicamente, todo un reto que en el momento no entendí, de nueve materias perdí siete, se salvaron Educación física y Canto, todavía guardo la Libreta de Calificaciones como recuerdo de ese fracaso; entonces pasó lo que tenía que pasar, la inobjetable jalada de orejas con el anuncio de que tenía que repetir año. Bueno, lo pasé, y así transcurrió el bachillerato, sin perder más años y con las aventuras de la adolescencia y la juventud, que es el túnel por el que se transita para ingresar a la universidad. Como ese tránsito lo hice en dos etapas bastante distantes en el tiempo, dejaré que ese período sea descrito a nivel nacional por mi nieta quién será la que termine este BLOG.

Autor: Francisco Campuzano, Bogotá Febrero 2015

No importa que tan distante es el tránsito entre la preparatoria y la universidad, de cualquier forma son dos mundos diferentes de motivación, principalmente porque se supone que la universidad está relacionada con aquello que en realidad se quiere aprender, mientras la preparatoria se siente como una obligación, fenómeno que también ocurre porque la época de preparatoria es paralela a una edad de rebeldía para encontrar lo que realmente se desea. Sin embargo la universidad no es color rosa, y por supuesto hay muchas variables que afectan el rendimiento y creatividad del estudiante. En Colombia se dice que lo que se estudia es una “Carrera Profesional” no sé si se dice así en toda Latinoamérica, por lo menos en Alemania o en países de habla inglesa, al pregrado no se le llama de esa forma. Considero que “Carrera Profesional” es un término literal en nuestro país, y se vive en una carrera en la cual no se miden ni se trabajan variables realmente importantes como la motivación y la creatividad. El estudiante entra en un ciclo que parece interminable, precisamente por las condiciones del Estado y del sistema.

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